domingo, 26 de febrero de 2012

EL IMPERIO PERDIDO

                                                                 EL IMPERIO PERDIDO

Mi sitio estaba en la cúspide, en el grandioso Imperio de las alturas, un mundo erguido entre espesas nubes, de la más impresionante blancura, que jamás existió.

Pero mi reino fue devastado, destruido sin compasión. Hundido por una fuerza sobrenatural. 

Una fuerza aún más poderosa que mi propio poder, que hizo desaparecer absolutamente todo. 

Lagos de luz clara, montañas y ciudades, todo se alzaba entre las nubes y en la cima, mi palacio. Un mundo construido por la bondad y los sueños de los hombres y destruido por el egoísmo, por el infundio de ellos mismo. 

Todo mi Universo se había desmoronado como un terrón de azúcar. 

Desde ese momento, solo las estrellas son dueñas del espacio que ocupaba mi universo. Solo ellas relucen entre las tristes ruinas de mi fabuloso Imperio.

Es demasiado triste. Una Diosa nunca debe ver, cómo su mundo desaparece.

Miré a todo mí alrededor y solo veía destrucción. 

Desde el principio fui consciente de mí descenso. Sentía como mi cuerpo caía apresuradamente, y poco a poco fui perdiendo la consciencia.

Cuando la recuperé, me sentía perdida en un mundo que no era el mío, un mundo al que no pertenecía. Me encontraba sumergida en las profundidades del océano. 

Las aguas que yo misma había observado tantas veces desde las alturas y ahora estaba bajo su dominio.

Un afligido y armónico llanto brotaba de mi garganta sin mesura, mientras derramaba miles de penosas lágrimas que se diluían en el mar. Observé con atención todo el entorno y solo alcanzaba a ver aquel líquido elemento por todos los aledaños.

Estaba perdida. La única opción que me restaba era nadar. pero ¿nadar, hacia donde? 

Para mí, era difícil ubicarme. Cerré los ojos y comencé a nadar hacia ninguna parte. Era curioso, pero me sentía tan ligera. Eso de nadar era casi como volar entre mis añoradas nubes de algodón.

Pude hacerlo con tanta soltura, que parecía que formaba parte de ese principio. Fijé mi mirada y observé, como en la lejanía tintinea una luz muy brillante. Parecía un gran lucero, pero sabía que no era posible, ya no estaba en mi cielo. La curiosidad se apoderaba de mi por momentos y sin pensarlo, mi hábil nado me acercaba hacía aquella brillante luz.

Mi sorpresa iba en aumento y poco a poco fui descubriendo lo que escondía aquella luminosidad. Se trataba de una ciudad maravillosa, hundida en las profundidades del mar. La corriente me iba arrastrando entre los edificios de la ciudad submarina, sin que yo hiciese el menor esfuerzo. Justo al final de la avenida se hallaba la edificación más majestuosa de todo el Reino. Un esplendoroso palacio. 

Hacia mí, se acercaba tocando un solo de trompeta Tritón, el Dios mensajero de las profundidades marinas. Me pareció de una belleza extraordinaria, una mezcla ente hombre y pez. Me extendió con gentileza su mano y me dijo que venía a llevarme hasta Palacio, para presentarme ante su padre que era Poseidón, el Dios de todos los mares.

Toda la corte marina se hallaba frente a Palacio.

Un séquito de sirenas  presentaba sus respetos ante el Gran Poseidón. 

Yo, Néfele, la Diosa de las nubes, afligida seguía armonizando mi pena. Le conté lo ocurrido en mi imperio y Poseidón, tocó mi rostro con sensibilidad recogiendo una  de mis lágrimas y aquel infinito penar la convirtió, en lágrima de cristal.


Me dijo:  -No te apures Néfele, desde ahora este será tu nuevo reino.


Enormemente agradecida, le dije que no podía aceptar, por que no pertenecía a ese mundo, que me sentiría prisionera y sin remedio, moriría. 

Era vital para mí, alzar de nuevo  mi propio Imperio.  Lo único que necesitaba de él, era que me ayudase a recuperarlo.

-Te ayudaré si tú me ayudas a mí, respondió.

-¿Como puedo ayudarte?


-Veras Diosa Néfele, soy muy poderoso, y mi poder radica en las almas que obtengo de los barcos hundidos, cuanto más barcos hundidos en las profundidades de todos los mares, mi poder se va haciendo infinito. Pero estoy exhausto de utilizar mi furia, en esculpir tormentas, en moldear fuertes huracanes, en levantar gigantescas olas para hundir a tantos barcos. Necesito de alguien tan extraordinaria como tú, que embelese a los marineros, con tan maravilloso canto. Quedarán hipnotizados por tu enigmática voz y dirijan sus barcos intentando alcanzar tu canto. Tu  misma los conducirás, hacía un punto en concreto. Ese punto se hallará entre un área geográfica con forma de triángulo, situado en el océano Atlántico entre las islas Bermudas y Puerto Rico. Todos los barcos que naveguen por esa zona caerán bajo tu hechizo y pasarán a formar parte de mi poderoso imperio. Solo así, te ayudare a recuperar tu reino.

-¿Que podía hacer yo? ¿Qué es una Diosa sin reino?  

Después de meditarlo, tuve que aceptar.

Me proporcionó una escolta de extraordinarias sirenas, para que me acompañaran en esta cruel expedición.

Llevo una eternidad cumpliendo mi trato, el cual, aún me sostiene en este mundo al que no pertenezco. Un pacto que parece no llegar nunca a su fin, esperando a que su poder se haga tan infinito, como para que me ayude a reconstruir de nuevo mi reino. 

Pero cada día sigo suspirando con un triste llanto melodioso, un canto a la tristeza de tener que exterminar para conseguir de nuevo mi Imperio perdido, la tristeza de saber que se destruyó por el egoísmo de los hombres y solo se reconstruirá, por la insaciable ambición, de un poderoso Dios.

Margary Gamboa ©Todos los derechos reservados

Sevilla, a 26 de Febrero del 2012

miércoles, 31 de agosto de 2011

EN BUSCA DE LA FELICIDAD

                                                    EN BUSCA DE LA FELICIDAD

Las pruebas del Camino Iniciático y el SuperHombre: CUENTOS DE HADAS

Ocurrió en época muy lejana, un místico sujeto decidió ir más allá de lo que conocía, buscando algo, que por más que buscaba, no lograba encontrar. 

Era extremadamente rico, tenía de todo lo que se podía desear, pero él sentía que le faltaba algo sustancial, algo que le resultaba realmente, imprescindible.



Un buen día, partió sin rumbo fijo, hacia tierras muy lejanas, convencido de que el algún lugar hallaría lo que anhelaba. 

Anduvo día tras día, largo, largo, mas allá, buscaba y buscaba, pero no lograba encontrar eso, que tanto buscaba. 

Llegó a la estación de ferrocarril, preguntó por un tren con el destino elegido, pero no encontró ninguno que le llevase hasta allá.

Fue lejos en la distancia, surcando mares, recorriendo bosques, cruzando desiertos... buscaba y buscaba sin ni siquiera, descansar. 

En un alto en el camino, a la orilla de un extenso río, le salió al encuentro un jovenzuelo charlatán. El joven con mucha astucia, trató de venderle lo que andaba buscando. Pero nada mas lejos de la realidad, solo se trataba de alguien, con la intención de desvalijarle todos los bienes.

En su búsqueda por los caminos, encontró a una anciana desvalida. Él, tenía buen corazón y se ofreció a ayudarla y cuando descansaba, la anciana le despojó de lo poco que le quedaba encima.

En su largo viaje por los desiertos y mares, conoció el egoísmo, la crueldad,  la mentira, la falsedad, pero por mucho que lo intentaba, no lograba hallar lo que andaba buscando. 

Cansado de los caminos y de tanta contrariedad, decidió volver a casa con las manos vacías, debatido y si haber hallado más que su propio ego vapuleado.


De vuelta de los caminos, a la llegada a su hogar, su hijo menor contento y emocionado, salió al encuentro de su padre.

Un abrazo desde el alma, una sonrisa con el corazón, una caricia sin más, un beso en la mejilla, un suave susurrar y el tacto de la manita que su pequeño ¡Que maravillosa sensación, que sinceros y puros sentimientos! Era la bendita Felicidad... Aquello que tanto buscaba, aquel sueño que creía inalcanzable habitaba en su propio corazón, sólo tenía que abrirle la puerta.

La Felicidad, ni se compra, ni se vende. 

El secreto de la Felicidad está en el interior de cada uno de nosotros, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos.


Margary Gamboa ©Todos los derechos reservados

Sevilla, a 31 de Agosto del 2011



domingo, 28 de agosto de 2011

EL ÁRBOL DE LA VIDA

                                                           EL ÁRBOL DE LA VIDA

Hace mucho, mucho tiempo, en los confines del mundo, se hallaba un lugar realmente cautivador.

Estaba formado por un frondoso bosque, donde habitaban animalillos de diversas especies. Ríos de aguas cristalinas, en sus orillas, flores de mil colores que adornaban los aledaños.

En mitad de aquel recóndito lugar, una pequeña y solitaria cabaña se erguía entre tanta vegetación.  

Un  humilde matrimonio de granjeros la habitaba, aunque algo mayores, e ilusionados, esperaban el nacimiento de su primer hijo. 

Se sucedieron las lunas, una tras otras, hasta que por fin, llegó la hora del alumbramiento. 

Para sorpresa de los afortunados padres, llegaron al mundo dos criaturas idénticas, como dos gotas de agua. 

Fue el acontecimiento más maravilloso que jamás había ocurrido por aquellas tierras. Jamás de los jamases, habían nacido allí, dos criaturas idénticas y a la vez, humanas.

Nereida y Selena llegaron al mundo en la séptima luna de Abril.  Las dos, bellísimas, de delicada tez y cabellos dorados. Sus miradas, del color del mismo cielo. Habían heredado los encantos de su bella madre.

Crecían libres, como las aves, felices, y jugueteaban en los plateados prados que arrullaban su infancia, propia de princesas de cuentos.

Inocentes soñadoras, siempre inseparables, trotaban y jugueteaban como potrillos salvajes. 

Solas, en aquel lugar, vivían en su propio mundo imaginario. 

Cada vez que salían a jugar por el bosque, creían ver pequeñas hadas revoloteando a su alrededor. Solían imaginar que algún día las llevarían a volar en un mágico vuelo, un paseo por las nubes.

Su madre, siempre les hacía bajar de sus nubes, advirtiéndolas, que las hadas no existían, que no fantaseasen con tanta imaginación.  

-Tanta imaginación no puede traer nada bueno chicas. Los pies en el suelo, les solía decir una y otra vez...

La vida transcurría feliz, desde esa infancia incomparable y única que les regaba el entorno.

En la primavera del décimo cumpleaños de las gemelas, todo se tornó sombrío. Malos augurios se cernían sobre la cabaña. 

La madre había enfermado gravemente. 

Nadie sabía cómo aliviar su mal. Tanto era su sufrir, que tenía a la familia sumida en una enorme tristeza.

Por mucho empeño que ponían, no hallaban la forma de aliviar el mal que le propinaba día a día, tanto infortunio.

Un buen día, mientras Nereida cuidaba a su madre, Selena decidió salir en busca de un remedio para sanarle.

Selena, partió con su cesta de mimbre en el brazo. Caminó y caminó por senderos azules, estaba segura de que le harían llegar hasta la tierra misteriosa, donde encontraría  la sanación que tanto anhelaban. 

En un sueño, un hada le había dicho que el árbol de la vida le proporcionarían lo que deseaba. Lo encontraría en un lugar secreto, donde la maleza pierde su nombre, convirtiéndose, en un lugar encantado, allí donde brotaran las primeras flores del cerezo.

Selena, se alejaba más y más de la cabaña, tan segura iba, que no pensaba más que en hallar una bendita cura. 

Andaba distraída, observando mariposas, pájaros, caminando sobre alfombras de florecillas silvestres, mientras aspiraba la magia que se elevaba en el aire.

En la cabaña, pasaban las horas, y Selena no llegaba y comenzaban a inquietarse.

Nereida, decidió salir en su busca...

Caminó y caminó tras las huellas de su hermana, voceando su nombre por lo más recóndito del bosque, sin hallar respuesta. 

Pronto comenzó a abrazarla el manto de la noche. 

En la lejanía observó como la blanca luna emergía de las aguas de un gran lago. Se acercó y vio flotar en sus aguas, petalos de rosas y supo, que Selena había estado allí.

Siguió adelante, y observó cómo el horizonte se ensombrecía aún más, y la bruma iba cubriendolo todo, concluyendo, en una negrura absoluta y tenebrosa. 

Aterrada, tuvo el impulso de dirigirse hacia el otro lado, donde las estrellas brillaban mostrandole un camino diferente. Dominó aquel temor que casi no la dejaba caminar y siguió adelante, hacía la más absoluta y tenebrosa oscuridad. Desde la rama de un árbol, un búho llamó su atención, miró fijamente a los enormes ojos que le acechaban y vió en ellos, que Selena había estado allí.

Durante su caminar por aquella nebulosidad interminable, comenzó a escuchar armónicos acordes. Parecían salir de aquella abismal tiniebla. Siguió caminando donde sus pies la llevaban...

Tenía la sensación de que casi no tocaban el suelo, se desplazaba como la bruma, despacio, sutil, incorpórea. Cuánto más se adentraba, aquella melodía parecía clarear el bosque. Cada vez se oía con más claridad.

La llevó hasta una dehesa con cientos de cerezos en flor. En el centro se erguía un colosal árbol, con un tronco enorme y rugoso, multitud de ramas le caían en cascadas repletas de flores. 

El árbol estaba envuelto en un hermoso resplandor. Allí mismo, a pie del tronco, vio una cesta de mimbre y supo, que Selena había estado allí. 

Nereida, alzó su mano y cogió una flor de una de sus generosas ramas. En ese momento, desde el centro del tronco se abrió una puerta que la invitaba a pasar al interior.

Cuando se dirigía a traspasar la entrada, escuchó chisposas risas, acompañadas de pequeños destellos coloreados. 

Eran diminutas hadas que revoloteando, salían del interior del tronco, escoltando a la pequeña Selena. 

En su mano llevaba un saquito con frutos, una mágica cura, la única, que lograría sanar a su madre de aquel terrible mal que la asediaba. 

Selena y Nereida regresaron a la cabaña con la cura en sus manos. Y colorín colorado este cuento se ha acabado...


El miedo es algo muy natural cuando va acompañado de sensatez y el vencer ese miedo es una verdadera valentía. 
 
Margary Gamboa ©Todos los derechos reservados

Sevilla, a 28 de Agosto del 2011



martes, 23 de agosto de 2011

ELISA, LA PEQUEÑA EMBAJADORA

                                                    ELISA, LA PEQUEÑA EMBAJADORA


La pequeña Elisa estaba tan nerviosa que no podía conciliar el sueño. 

Daba vueltas en la cama como una perinola. Nunca hasta entonces había vivido esa sensación. 

Pasada la media noche, por fin logró confortase entre sus mantas y mantenerse unos instantes inmóvil, y poco a poco, el sueño fue ganándole terreno.

A la mañana siguiente, en cuanto los rayos de sol entraron en su alcoba, dio un salto y se incorporó de inmediato. Estaba tan ilusionada, que no veía el momento de empezar con el ritual de las vestiduras.

La pequeña, por aquel entonces, solo tenía nueve años y era la primera vez que se vestía de fallera. 

Su madre, antes de ataviarla con el traje, cepilló su sedosa y larga melena y con gran destreza elaboró el peinado que luciría en la fiesta. Colocó la peineta y los aderezos dorados con perlas blancas que había heredado de su abuela; los guardaba con gran cariño, como si fuera un auténtico tesoro. 

Luego, le colocó el pololo blanco plisado, con encajes en los bordes, las enaguas y el can-can, y por último, lo más deseado por la pequeña, el traje. 

Una pieza especialmente confeccionada para ella. Bordada con multitud de flores e inspirada en el siglo XVIII, con corpiño de manga larga de raso, de color dorado con dibujos de pavos reales y rosas, y manteleta ilustrada con pájaros y flores.

Para concluir, solo le quedaba acomodarse dentro de los zapatos que eran del mismo tono que el vestido, forrado de seda rosa.

Cuando terminó con la ceremonia del equipamiento, su madre la miró detenidamente, la invitó a dar una vuelta sobre si misma y en silencio, se dirigió al cajón de la cómoda. Tomó de él un precioso collar regalo de su abuelo y lo colocó con delicadeza en el cuello de la infanta. Las lágrimas de su madre corrieron por sus mejillas mientras observaba la belleza que tenía antes tus ojos.

Elisa estaba realmente preciosa, parecía una princesita que por arte de magia se había escapado de un cuento de hadas.

Salió de paseo luciendo su traje como una orgullosa princesa, de camino al pasacalle.

Las calles lucían preciosas, repletas de flores, con especial olor a pólvora.   

La pequeña Elisa, paseó junto a las majorette, los muñecos Disney y un sin fin de protagonistas de cuentos. Las bandas de música tocaban por todo el paseo. Un exquisito aroma a algodón de caramelo y dulce garrapiñada, flotaba en el aire. Las fiestas lucían en todo su esplendor y la pequeña estaba encantada.

En el recinto del parque las falleras infantiles se alzaron para recibirla. Hicieron la presentación a su corte de honor. Cada una de las infantas mostraba un elemento. 

El colorido, la magia, la sonrisa, la música, el corazón, las flores, el fuego y los sueños.

A Elisa todo le parecía de ensueño. Todos los asistentes se levantaron y rompieron en aplausos ante el nombramiento de la pequeña embajadora. 

Y como broche final, el alcalde se dirigió a Elisa:

-Pequeña, esta ciudad se rinde ante tus pies depositando sus esperanzas en ti como Fallera Mayor Infantil y embajadora de la ciudad. 

Dedicado a Elysa, mi pequeña embajadora de Emagister.

Los sueños de los niños siempre están bien cargaditos de ilusión, pero esa ilusión se vuelve aún más hermosa, cuando la realidad, la toma de la mano...


Margary Gamboa ©Todos los derechos reservados

Sevilla, a 23 de Agosto del 2011

martes, 16 de agosto de 2011

LA ANCIANA QUE NO SABÍA SONREIR

                                     LA ANCIANA QUE NO SABÍA SONREIR


Esta pequeña historia que hoy os voy a relatar, es una buena terapia para regalar.
Hoy os quiero demostrar, la importancia que tiene una sonrisa y como puede aliviar a los corazones tristes y faltos de felicidad.

Ocurrió, en fechas muy difíciles de olvidar.

En el corazón sentía el desconsuelo, para ella, no parecía navidad.

En la calle se escuchaba mucho revuelo, todos parecían felices y llenos de vitalidad, mientras, la anciana tejía y tejía mil puntos sin finalidad.

Pero dentro de aquella casa... ¡Que sola estaba la anciana! cuanta tristeza y soledad, atrapaban las paredes y a la anciana, con su edad!

Los suspiros era la música que reinaba en su triste lar.

Echaba de menos las carreras, las risas ya no se escuchaba bajo su techo, cánticos de alegría ni nada que festejar, ni aquellos villancicos que antaño animaran su acogedor hogar.

¡Que triste estaba la anciana, que tristeza y soledad, atrapaban las paredes y a la anciana con su edad! Mientras tejía y tejía mil puntos sin finalidad.

De pronto llamaron a la puerta ¡Que extraño! ¿Quien osará…?

Dejo de tejer un instante y sus pasos dirigió hacia la puerta con mucha serenidad. Miró a través de la mirilla, pero a nadie pudo ojear…

¿Quien llamaba atreviéndose a quebrar su soledad?

Abrió la anciana la puerta, y asombrada se quedó. 

Una carita sonriente de pronto la saludó, tocando la pandereta y llenita de ilusión.

-¿Quien eres pequeña niña? -¿Porque rompes mi intimidad?

-Soy la alegría y vengo a darte felicidad 

-¿Felicidad? ¿qué es eso?...Que ya no se donde está

La pequeña puso la mano en su pecho y con astucia contestó:

-La conservas aquí adentro, guardada en tu corazón.
Olvídate de la tristeza y deja que brote el amor con una pizca de alegría y un poquito de ilusión. Intenta que, de tu triste rostro, una pequeña sonrisa, salga por casualidad, ella junto a la mía, hará brotar alegría y sin que te des ni cuenta, llegará la navidad.

Al escuchar estas palabras la anciana reflexionó, intentó abandonar la tristeza y junto a la pequeña niña una sonrisa sacó. 

Se reclinó con entusiasmo y en la frente la besó. 

La madre de la chiquilla no tardó mucho en llegar, venía a pasar con la anciana, una feliz navidad.

-¡Es mi hija de mi alma!-Gritó emocionada la anciana, al verla a su puerta llegar.

Por fin una sonrisa en su rostro dibujó, desterró la tristeza
y juntas vivieron una feliz navidad.

Sonríe aunque sea una sonrisa triste, porque mas triste que una sonrisa triste es la tristeza de no saber sonreír.


Margary Gamboa ©Todos los derechos reservados

Sevilla, a 23 de Agosto del 2011

LA SIRENA SERENA

                                                        LA SIRENA SERENA


Érase una vez en una Isla muy muy lejana vivía Serafín, un joven isleño que solía salir a nadar al mar. Un día encontró a una hermosa sirena, su sonrisa era alegre y su mirada serena. Emergía desde el fondo del abismo. Su imagen era perfecta, dibujaba gran belleza invitándole a suspirar...

Nadie su imagen veía, solo él... nadie más.

Ella, comenzó a llamarle y él con entusiasmo quiso hasta ella llegar.

Su voz se oía sin hablarle todo le parecía ¡tan real!

Lucía en su pecho un lucero transparente como el cristal.

Con su mágica sonrisa le ofrecía su lecho de espuma, que se confundía con la bruma y con la espuma del mar.

Su mirada era dulce y fresca como la brisa. En su cara había dibujada una pícara sonrisa y nadando intentaba hasta ella llegar.

Su imagen era ¡tan hermosa! tan radiante como una mística Diosa, solo a él quería amar.

De pronto, apareció una ola gigante, subió a la cresta presurosa y sin más premura la linda sirena, se marchó sin más.

Su imagen quedó clavada en la mente de aquél isleño, lamentándose de que todo aquello solo fuese un precioso sueño. Aquel dulce rostro delicado y sonriente lo guardó celoso como un tesoro ferviente.

El sueño le pertenecía nadie mas lo soñará.

Quizás seguramente en sus sueños algún día, ella aparecerá.

Él, la estará esperando, si vuelve, ya no la dejará escapar…


Ten cuidado con tus sueños, son la sirena de las almas. Ellas cantan, nos llaman, las seguimos y puede que jamás retornemos.

Margary Gamboa ©Todos los derechos reservados

Sevilla, a 16 de Agosto del 2011

lunes, 1 de agosto de 2011

EL SOLITARIO HOMBRE INMÓVIL

                                                EL SOLITARIO HOMBRE INMÓVIL


Era un solitario, misterioso y compungido, que por  mucho que lo intentaba nunca jamás fue querido. 

El amó a más no poder, pero fue completamente ignorado por aquel efímero amor. 

Y fue por ella, por quien se dejó caer, entre doradas alfombras de arena.

Su aliada era la pena y la negrura de la noche se le metió hasta el alma, donde yacía para siempre quien no le supo querer.

Sentado bajo las estrellas, el mundo le parecía vulgar, menos la hermosa mar, que deslumbrado por su belleza quiso con ella bailar.

El viento, se hizo su cómplice susurrando sin parar y un millón de gaviotas volaron a su compás, mientras las flautas del viento, no dejaban de silbar.

La mar le susurro al oído, y le invitó a bailar. La cogió por la cintura y juntos bailaron un vals.

Era la brisa era el aroma, era un suspiro su sentir, pero su corazón lastimado, casi no quería latir. La melodía era bella, eran cantos de sirena que entre versos decía así:

Baila triste solitario, 
baila el vals de la muerte 
y no olvides jamás, 
que ella no supo quererte, 
ven y sumérgete el la mar
que yo te voy a curar
esas heridas tan fuertes
que no te dejan vivir.

A solas con sus pensamientos y con las olas del mar su vida hecha instantes, fue bailada en el vals y se sumergió en el olvido, para no volver jamás.

Margary Gamboa ©Todos los derechos reservados

Sevilla, a 1 de Agosto del 2011

sábado, 21 de mayo de 2011

LAS FIESTAS DEL PUEBLO

                                                         LAS FIESTAS DEL PUEBLO


Sentadas en un banco azul, estaban juntitas, Vanesa y su prima Salud. Salieron a dar un paseo por el parque de palomas.


Estaban allí, las dos niñas, tan lindas, tan monas, con sus trajecitos nuevos y sus zapatos brillantes.

¡Ten cuidado no te manches! dijo Vanesa a su prima, que no podremos ir a la feria, ni tampoco al baile.

Asintió con la cabeza su prima, al escucharle.

Después de pasar un rato, dando de comer a las palomas, se fueron las dos niñas, tan lindas y tan monas, con sus trajecitos nuevos y sus zapatos brillantes.

En el aire se aspiraban aromas inolvidables, algodón de caramelo, garrapiñadas a dulces y a chocolate.

Una rosa y un clavel, a las niñas regaló, una señora muy amable.

Las dos paseando solitas y llenitas de ilusiones, felices, fueron al baile.
Con sus caritas risueñas y alegría en sus corazones.

Bailaron las dos juntitas, al son de las panderetas, tambores y de violines.

Cuando pasaron las horas, Vanesa dijo a su prima:

-¡Apresúrate Salud! Que ya se está haciendo tarde.

Al pasar por un templete, se escuchaban los acordes de trompetas, y timbales, la dulce melodía de una fiesta inolvidable.

Las estrellas relucían, las luces de la fiesta del pueblo destellaban mil colores y las niñas, tan
lindas y tan monas, con sus trajecitos nuevos y sus zapatos brillantes, felices e ilusionadas, disfrutaron en la feria, de aquella preciosa tarde.

Margary Gamboa ©Todos los derechos reservados

Sevilla, a 21 de Agosto del 2011

domingo, 28 de febrero de 2010

UN EXTRAÑO PERSONAJE

                                                    UN EXTRAÑO PERSONAJE


Como cualquier otro día, mi madre me preparaba para ir al colegio, y yo me negaba llorando, porque mis zapatos estaban agujereados y eran el hazmerreír de toda la escuela. 

Mi padre, tenía intención de comprarme un calzado nuevo pero, mes tras mes, se quedaba en solo eso, una buena intención. El escaso salario que le abonaban en la mina, a duras penas daba para el sustento de una familia tan numerosa.

Entre lloros y continuas quejas, por fin mi madre consiguió sacarme de casa. 

Camino hacia el colegio, nos topamos con un grupo de personas, que amontonadas, observaba algo. La curiosidad nos llevó hasta aquel corro. 

Un ilusionista hacia juegos de magia. 

Los allí presentes, parecían estar sorprendidos por la anterior demostración. Yo era muy pequeño y jamás había asistido a un acto tan especial y mi madre, me dejó que disfrutase del espectáculo que estaba a punto de comenzar.

Inició el acto tras algunos preliminares y sin mediar palabra, aquel hombre se acercó a mí, me cogió de la mano y me dirigió hacia el centro del corrillo. 

Pasó su dedo por mi mejilla con una mueca de aflicción, secándome una lágrima. Acto seguido, introdujo su mano en uno de sus bolsillos y sacó un pañuelo de seda blanca, lo agitó varias veces ante mis ojos enrojecidos y con un gesto de habilidad, cubrió con él, mis raídos zapatos. 

Mantuvo unos instantes ocultos mis pies bajo aquel suave trozo de tela. Al levantarlo, la sorpresa fue inmensa. 

Aquel horrible calzado agujereado había desaparecido y en su lugar, unos flamantes zapatos de charol negro, brillaban relucientes. 

Los observé unos instantes con admiración, alcé la mirada hacia aquel extraño personaje, obsequiándole una amplia sonrisa de gratitud y sumamente complacido nos dirigimos hacía la escuela.

Aquella noche no quería dormir, me daba miedo despertar y que aquello solo hubiese sido un precioso sueño, pero no fue así. Mis zapatos permanecieron flamantes durante toda mi infancia, incluso aumentaban de tamaño al igual que lo hacía yo.

Aún no me explico cómo lo logró, pero lo cierto es que ocurrió, y hoy después de tantos años todavía conservo con especial cariño, aquellos mágicos zapatos.





Margary Gamboa ©Todos los derechos reservados

Sevilla, a 28 de Febrero del 2010

viernes, 29 de enero de 2010

EL JARDIN

                                                                         EL JARDÍN

Era como todas las niñas de su edad, simpática y con una ternura increíble. 

Le encantaba quedarse allí un buen rato en vez de jugar.  

Tenía el pelo rubio con un particular rizo que le caía sobre la frente, que le daba un aspecto angelical.

Cada día que pasaba por aquel jardín le impresionaba. Sentía que tenía algo especial, no sabía qué, solo que al observar aquella belleza, le transmitía sensación de paz.

El jardín no era demasiado grande, pero lucía las más bellas flores que jamás había visto. El colorido era atrayente y su aspecto insuperable, y la pequeña observaba como lo cubría un gran manto de ilusión inexplicable.

En él, siempre veía a una adorable anciana arreglando las plantas, mientras entonaba una dulce melodía. Y a su marido, que le solía hacer compañía mientras leía el periódico.

No tenía más remedio que detenerse a su paso porque sentía que las flores parecían llamarla. Se sujetaba a los barrotes de la verja y asomaba su carita entre ellos, admirando todos aquellos colores  que la llenaban de alegría, mientras disfrutaba de la canción que cantaba la anciana. 

Cuando observaba que los ancianos advertían su presencia, por su timidez, echaba a correr avergonzada.

Una mañana al pasar por el jardín se extrañó no ver a nadie en él. Las ventanas estaban cerradas y el jardín se había teñido de tristeza.

La pequeña siguió pasando a diario por aquel jardín, pero seguía solitario y lloroso.

Le inquietaba no saber nada de los ancianos y que las plantas estuviesen cada vez más descoloridas y mustias. Se sentía muy triste al ver que aquella belleza jardín agonizaba.

Un buen día, decidió poner fin a su intriga, abrió la verja y se atrevió a llamar. El anciano que siempre leía el periódico, abrió la puerta y se asombró al ver a la pequeña frente a ella.

-¿Que haces aquí y porque no estás en la escuela?

-Verá, señor, yo, yo...-Balbuceó un poco desconcertada-...tengo curiosidad por la señora que arreglaba el jardín, hace tiempo que no la veo, y me siento muy triste al ver las flores marchitas.


-Mi pequeña niña-respondió con lágrimas en los ojos- Ella ya no volverá a cuidar sus plantas. Las azucenas, las acacias, las rosas, las camelias, las mimosas y especialmente la orquídea, a la que dedicaba su particular atención, tendrán que prescindir de su amor y sus cuidados al igual que yo. La malvada muerte me la arrebató, teniendo la osadía de no llevarme con ella. Ya no volverá a cuidar su bello jardín nunca más.

La pequeña,  que siempre irradiaba alegría, cambió de inmediato la expresión de su rostro.

-Lo siento mucho señor, y echó a correr.

Durante todo el día no pudo pensar en otra cosa más que en los ancianos y en la agonía de aquel hermoso jardín. Lo tenía decidido. A la salida de la escuela volvió, empujó la cancela y llamó a la puerta de nuevo.

-¿Que se te ofrece ahora muchacha?

-Verá señor, pues, pues…

-Venga habla, que no tengo todo el día-exclamó el viejo con voz firme.

-Verá señor, si acepta mi propuesta me haría muy feliz. Yo vendría a diario a cuidar el jardín, y si usted es tan amable y me ayuda, puede que las plantas vuelvan a florecer. Me da mucha tristeza verlo tan descuidado. Quizás su señora desde el cielo se sienta feliz.

El anciano ojeó aquel vergel moribundo y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Sabía que su esposa estaría muy triste si supiera que sus flores se encontraban en tan lamentable estado. Las plantas eran parte de su vida, las mimaba y las cuidaba con muchísima dedicación y esmero.

-Acepto tu propuesta- contestó encantado.

La chiquilla gritó de alegría-¡Bien!

Durante los meses posteriores, habitualmente, la niña visitaba el jardín de los ancianos y los cuidados tan delicados que ofrecía a las plantas, pronto dieron sus frutos.

El viejo, poco hablador y siempre pensativo, colaboraba con mucho anhelo. Para él, era como una especie de terapia, que le ayudaba a seguir adelante y en cierto modo, le hacía sentirse un poco más cerca de su mujer.

Llegó la primavera y con ella, la frondosidad al jardín. Un verdadero espectáculo de coloridos y aromas renacieron de aquellas mustias hojarascas. Todas lucían su mejor belleza y esplendor, todas excepto la orquídea que no parecía despertar de su letargo.

Las mimosas les regalaban el dulce aroma de sus flores, los pensamientos con mil colores adornaban la verja, y las rosas empezaban a abrir sus delicados capullos, pero era extraño que la orquídea siguiera adormecida.

Una mañana de primavera, mientras arreglaba las plantas, la pequeña comenzó a entonar aquella dulce melodía que siempre cantaba la anciana y que ni ella misma alcanzaba a comprender como se la había aprendido.

El anciano al escuchar de nuevo aquella dulce canción, quedó gratamente confuso. No lo podía creer, era la canción que solía cantar su mujer. Se sintió sumamente feliz y desplegó una sonrisa, pero no dijo ni una palabra.

La pequeña siguió cantando la cancioncilla y al terminar su labor se despidieron como de costumbre.

Al día siguiente, volvió para el habitual cuidado de las plantas. Al acercarse a la orquídea vio que había florecido, pero no era una orquídea normal, era una extraña especie dorada que irradiaba una extraña luz que la iluminaba haciéndola especialmente resplandeciente.

La niña muy sorprendida llamó al anciano.

-Venga, venga, por favor, dese prisa…

-¡Qué es todo este revuelo! exclamó el anciano.

- ¡Miré, miré, ha florecido!-Exclamó señalando a la orquídea.

Confuso, admiró con curiosidad aquella extraña variedad que había florecido en su jardín, y por un instante vio  reflejado en la orquídea, el rostro de su mujer, que le dedicaba una sonrisa placentera.

Comprendió que su querida esposa estaba orgullosa de lo que habían conseguido con su jardín. Se sintió tan feliz con aquella especie de orquídea dorada, que  siguió cuidando el jardín con mucho esmero el resto de sus días.

Desde entonces, la niña, día a día siguió cantando la canción para las plantas.

Hoy día, después de tantos y tantos años, el jardín es la admiración de todos los lugareños que a diario transitan por aquella zona, incluso vienen desde muy lejos a visitarlo. Los niños de la escuela vecina, suelen detenerse para admirar la belleza y alegría que salpica aquella hermosa floresta.

Una simpática anciana con un particular rizo cano que le cae por la frente, suele saludar a los pequeños mientras entona una dulce canción y cuida el maravilloso jardín y a la orquídea dorada.

Margary Gamboa ©Todos los derechos reservados

Sevilla, a 29 de Enero del 2010

LIBRO DE VISITAS

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

REGISTROS DE MIS OBRAS

Todos los textos publicados en este blogs son de mi autoria y están registrados en
SafeCreative. 
Puedes utilizarlos, siempre y cuando no modifiques el texto y cites autor y procedencia.